Estación Terminus: Frutos vanos

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Agustín Raso llevaba muerto nueve horas, pero aún no se había dado cuenta.

El final le había llegado como todo en su vida: sin estrépito, a las cinco de la tarde, mientras estaba dormido en su sillón frente al ventanal.

Durante cincuenta años de trabajo ininterrumpido en la fábrica había soñado cada día con reposadas siestas sin horarios ni restricciones, y tras la jubilación, que le cogió con el cuerpo ya tan cansado y dolorido como el espíritu, fue el único lujo del que no se privó. Gastó gran parte de sus ahorros en un magnífico sillón de diseño clásico con todas las comodidades modernas, y las horas que pasaba sentado en él dormitando, leyendo, o, simplemente, reposando sus huesos con la mente en blanco, eran las más placenteras que Agustín podía recordar de toda su cenicienta vida.

Había tenido Agustín una esposa años atrás, pero no fue el suyo un matrimonio feliz. Eran demasiado jóvenes cuando cometieron el error de la curiosidad, y sus progenitores les obligaron a pasar discretamente por delante del cura, sin darles opción a elegir, antes de que a ella se le empezara a notar en el vientre el fruto de su imprudencia. Nunca estuvieron enamorados; confundieron con amor un ardor juvenil que se congeló pronto con el frío de las formalidades y las obligaciones. Siendo niños aún, se vieron vestidos de adultos y tuvieron que asumir una carga demasiado pesada para sus infantiles espaldas.

Él ya trabajaba en la fábrica cuando a ella, siempre débil y enfermiza, se le escurrió el embarazo entre los muslos, envuelto en sangre oscura y espesa. El médico sólo pudo certificar la muerte del feto, todavía sin formar, y comunicar a la madre que no lo sería más, porque su matriz no se lo permitiría. Para Agustín, fue un duro golpe del que se refugió en la sudorosa realidad de su trabajo y, más tarde, en la fantasía del vino; pero para ella el golpe fue definitivo. Jamás volvió a sonreír y sus ojos se tornaron opacos y mates, como lo serían hasta el día de su muerte.

Agustín fue desde entonces tan invisible para ella como el resto del mundo; su mirada, muerta como los ojos de los que procedía, le atravesaba sin verle cuando él la daba de comer o la lavaba en silencio. Tanto se acostumbró Agustín a esa trasparencia que la mayor parte de su vida fue, efectivamente, invisible, no sólo para su desquiciada mujer, sino para todo el que le rodeaba. Vivieron siempre juntos, compartiendo la cama, la soledad mutua, y una íntima sensación de culpabilidad que no podían confesarse ni siquiera a sí mismos. Cuando, muchos años después, ella murió, acartonada y reseca, Agustín pensó que estaría mejor allí donde hubiera ido, y en donde, quizás, se hubiera reunido con aquel hijo que nunca llegó a tener forma humana pero al que tanto añoró en su callada vida. Después, se dispuso a esperar su momento en el sillón.



Se levantó por fin, haciendo un esfuerzo del que no siempre era capaz, para ir a dar un paseo. El médico le había recomendado ejercitar las piernas y el corazón caminando una hora cada día y ya hacía tres que desobedecía las órdenes facultativas. Se puso la chaqueta y la gorra, cogió el bastón en el que apoyaba su cojera, y cerró tras de sí la puerta de la casa para comenzar el lento y penoso descenso por las escaleras, desde el tercer piso hasta la planta baja. A mitad de camino se cruzó con el vecino del cuarto, que subía los escalones de tres en tres con zancadas imposibles. Le saludó educadamente, como siempre hacía, y el apresurado vecino ni siquiera le miró; ni abrió la boca cuando pasó a su lado y Agustín tuvo que apartarse, sujetándose al pasamanos, para evitar el choque. Los siguientes veinte peldaños los bajó pensando en las prisas y la incomunicación de este mundo loco, y en lo bien que le vendría un tempo más pausado.

Cuando llegó al portal miró con aprensión hacia la calle a través del cristal de la puerta. Los coches cruzaban de lado a lado a gran velocidad ante sus ojos emitiendo ruidos intimidatorios, y la gente caminaba por las aceras convertida en muchedumbre, en riada humana, siempre con la misma urgencia que el vecino del cuarto. La ciudad había crecido mucho en los últimos años, y su calle, en otro tiempo tranquila y solitaria, se había convertido en una selva de humo y ceños fruncidos, repleta de tiendas en donde se vendían objetos y máquinas que nunca imaginó que pudieran comprarse. Las dificultades para sobrevivir en esta selva habían crecido inversamente a la capacidad de Agustín para encararlas. Se sentía confuso e indefenso cada vez que tenía que enfrentarse a la aventura en que se había convertido su paseo por el barrio.

Salió a la calle con paso inseguro y comenzó a caminar muy despacio, tanteando el terreno con el bastón y siempre pegado a las paredes de los edificios. Nadie parecía prestar atención a aquel anciano encorvado y silencioso, como nadie parecía habérsela prestado cuando era un silencioso y encorvado joven. Nada era más normal para Agustín que la indiferencia ajena.

Anduvo trescientos metros eternos y se paró frente a la puerta del bar. Se dijo que bien podría tomarse un vaso de vino antes de cruzar la calle y adentrarse en el pequeño parque donde solía caminar. «Buenas tardes», dijo al entrar al local. Los hombres se amontonaban frente a la barra, exigiendo bebidas a un aturullado camarero que no podía seguir el ritmo de las demandas. Otros observaban la televisión colgada en lo alto y murmuraban entre ellos sin apartar la vista de la pantalla. Unos jóvenes jugaban en el futbolín y celebraban cada gol con gran escandalera. Nadie hizo el menor caso de Agustín ni de su saludo. Fiel a sí mismo, se dispuso a esperar en una esquina de la barra la ocasión de pedir su consumición. Lo intentó las dos veces que el azorado barman pasó fugazmente por delante de él, pero este parecía no escuchar su voz enclenque. Después del tercer intento, un señor muy gordo y bastante bebido invadió su trozo de barra y Agustín se vio obligado a quedar en segunda fila, expuesto a los empujones del gentío. Renunció al vino y salió de nuevo a la calle, dejando escapar un suspiro de resignación.

Cuando el semáforo estuvo en verde, y se aseguró de que la circulación se había detenido, apoyó su bastón en la carretera y bajó el bordillo de la acera para cruzar. La operación era delicada y exigía la concentración de todos sus mermados sentidos. Agustín se apuró cuanto pudo al ver la luz parpadear. Todavía le faltaban unos metros para llegar a la otra orilla y los coches comenzaban ya su estampida. El primero de ellos se le echaba encima y él le miró aterrado sin poder reaccionar. No pudo explicarse cómo esquivó el golpe, pero lo cierto es que el conductor ni siquiera reparó en él, que se quedó rígido como la mujer de Lot hasta que el vehículo pasó de largo.

Bajo los árboles del parque recuperó la calma, paseando en relativa soledad. Las pocas personas que circulaban por allí eran tan solitarias como él mismo, y había espacio suficiente para estar a salvo de zarandeos. Se le hizo de noche alternando pasos y pequeños descansos, hasta que decidió volver a casa. Un pequeño perro mugriento de ojos brillantes fue el único ser que se le acercó, olfateando en el aire con las orejas en alto. A Agustín le gustaban los perros, aunque nunca tuvo uno por no añadir más peso a la ya insoportable carga de su mujer, su trabajo y su conciencia. Se agachó y estiró un brazo, intentando acariciar la cabeza del chucho, pero antes de que pudiera lograrlo, el animal se giró y se alejó trotando, con más desprecio que miedo hacia eso que no merecía ser objeto de más esfuerzos olfativos.

De vuelta a casa, Agustín se sorprendió de no estar tan cansado como era de esperar, y ni siquiera fue necesario que se le pasara el sofoco habitual para comenzar a subir las escaleras. A la altura del segundo piso, se cruzó con el vecino del cuarto, que bajaba los peldaños con más prisa de la que los subiera antes. «Buenas tardes», dijo Agustín, buscando el pasamanos. Esta vez tuvo la impresión de que el vecino miraba hacia él, pero no podría jurarlo.

Cerró con alivio su puerta y, aún más extrañado que antes por la ausencia de los dolores cotidianos, se dirigió a la cocina con la intención de hacerse una buena cena. Hacía mucho tiempo que no tenía el ánimo suficiente, pero esa noche no se le doblaban las piernas ni le punzaba el corazón, así que buscó una receta de pollo con nueces al vino tinto y pasó dos horas entre refritos, cocciones y sartenes. Sólo cuando terminó el guiso cayó en la cuenta de que no tenía hambre.

Tampoco tenía sueño, pero pensó, con disciplina añeja, que era ya hora de acostarse. Se introdujo entre las sábanas en la oscuridad, y se quedó allí tendido con los ojos abiertos, sin poder dormir.
Durante horas, imágenes de su vida estéril se sucedieron ante los ojos de Agustín. No fueron más de media docena, repetidas una y otra vez...

Ella bajo su cuerpo, joven y bella, sorprendida al sentir en su interior la inexperiencia de él, el ansia torpe que la estaba condenando a perpetuidad en ese mismo instante. Ella en el hospital, ya condenada, pálida y ausente, como estaría el resto de sus días. Un mar verde que nunca conoció y que, extrañamente, siempre tuvo en la memoria. Él en la fábrica; el olor a metal, las mismas piezas, cuyo uso nunca llegó a comprender, limadas constantemente con los mismos mecánicos movimientos; cincuenta años resumidos en una imagen tediosa. Un perro solitario y sucio que se alejaba de él, desdeñoso, sin interés por sus caricias. Y el paisaje de cortinas cerradas y amarillentas enmarcando una antigua televisión que se observaba desde su trono de jubilado.

Pasadas dos horas de la medianoche, Agustín seguía dando vueltas sobre la cama, intentando conciliar el sueño y con la misma secuencia monótona dentro de su cabeza.
Aún tendrían que pasar cuatro horas más para que la luz del día se filtrara por la ventana y Agustín se pusiera en pie, muy extrañado por la falta de sueño, de hambre y de achaques, y por la insistencia de aquellos dolorosos recuerdos. Y un poco más para que decidiera cumplir con su hábito de correr las cortinas y abrir las ventanas del salón, y descubriera, con desconcierto y sorpresa indecibles, a un anciano arrugado, decrépito, con un extraordinario parecido a él mismo, que dormía plácidamente en su sillón.

6 comentarios:

inma dijo...

Da igual el tema que toques, porque es tu forma de relatar lo que seduce. Hasta una vida anodina la conviertes en algo bello, tristemente bello. Me gusta la gente con esa sensibilidad.

Un abrazo gigante.



La Hija de Zeus dijo...

Muy bueno!! como siempre..

Un beso



Terminus dijo...

Hola Inma:
Me alegro de leerte. He estado un poco liado estas dos últimas semanas y es gratificante encontrarte a la vuelta. Tengo unas cuantas historias en el horno que iré colgando poco a poco; espero que te sigan gustando. ;)
Estoy dando forma a una pequeña novela... ya te contaré.
Otro abrazo enorme para tí.



Terminus dijo...

Hola Zeucita:
Sólo sigo intentando aprender... ;) Muchas gracias
Besos



inma dijo...

Anda qué casualidad porque yo he estado también dando una vueltita, en concreto por Pekín. Si tuviese la voluntad, y una ínfima parte de tu buen relatar haría algo con mis vivencias, recuerdos u observaciones; pero reconozco que no debí nacer con ése don...por eso me gusta tanto encontrar a gente como tú por estos otros mundos. Mira a ver si puedes usar el microondas (por aquello de la rapidez) aunque lo tradicional (en este caso, el horno) siempre será mejor; para hacernos llegar tus letras. Te confieso que me haces pasar momentos mágicos.

Hoy tocan unos besos.



Terminus dijo...

Una vueltita... por Pekín!? Eso sí que es envidiable!☺ Me encanta viajar (aunque no lo hago todo lo que quisiera). Conocer gente y culturas diferentes, aprender de ellos y ampliar tu perspectiva del mundo. Y China... tiene que ser alucinante. Definitivamente, te envidio, sí. Anímate y escribe algo, estoy seguro de que lo harás mejor de lo que dices. ;)
La verdad, sigo sin saber cómo agradecer tantas buenas palabras.
Me gustaría tener más tiempo (y más tranquilidad, sobre todo) para escribir todas las cosas que quisiera pero, hoy por hoy, sólo puedo ir amontonándolas en un cajón, esperando turno (el horno es pequeño y lento), pero con confesiones como esa es fácil seguir intentándolo.
Muchas gracias, Inma.
Sean besos, pues. Muchos.



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