Estación Terminus: Luna de cera

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—Que la Luna ya no existe es algo fuera de toda duda. Lo que puede verse cada noche no es más que un doble del original moldeado con cera blanca.

El viejo hablaba con la lucidez de los borrachos.

Había llegado a la ciudad hacía casi tres meses y desde entonces nadie había escuchado palabra alguna salir de su boca hasta esa noche. Bajaba de su habitación al caer la tarde y se sentaba en la penumbra del fondo de la taberna, siempre en la misma mesa solitaria, pidiendo con señas una jarra de vino tras otra, y bebiendo con la vista anclada en algún momento de ese pasado que había marcado con profundas huellas su rostro. Los largos cabellos amarillentos cubrían sus hombros, enmarcando la languidez de unos ojos grises y abatidos, y una larga barba, cana y sucia, no lograba esconder los estragos del tiempo.

Durante las primeras semanas, todos observábamos al forastero con curiosidad, haciendo cábalas e inventándole una vida de la que nada conocíamos. Le espiábamos en los momentos en los que, visitado por algún fantasma que sólo él podía ver, golpeaba la mesa con un puño y parecía mascullar oscuras maldiciones que ninguno de nosotros comprendía. Después levantaba la jarra y la vaciaba en su garganta, posándola con otro golpe sobre la mesa, y se limpiaba la barba con el dorso de la mano mientras hacía una señal al tabernero para que le trajera más vino.

Pero eran escasos esos arrebatos. La mayor parte del tiempo el viejo permanecía en silencio, aligerando botellas, hasta que, agarrado para que no rodara, le subían como a un fardo por las escaleras y le acostaban vestido sobre la cama. Pasado un mes perdimos todo interés por él. Hasta esa noche de luna roja en la que, sin motivo aparente, se activó algún resorte en su cerebro castigado, y el anciano, con los ojos cubiertos por una capa de vidrio, comenzó a relatarle aquella historia a algún ser invisible sentado frente a él.

—Nadie se da cuenta de la suplantación porque se ha perdido la costumbre de levantar la vista hacia el cielo, y, cuando alguien lo hace, nunca presta la atención suficiente.

Se hizo el silencio en la taberna mientras escuchábamos con extrañeza e interés creciente la ebria voz del viejo:

—El Gobierno hizo un buen trabajo, no se puede negar. El duplicado es exacto y puede engañar a primera vista, pero si uno se fija con detenimiento descubrirá que no tiene vida: sólo es un espejo muerto.

»A lo largo de los años he comprobado que muchas de las cosas que nos rodean son burdas copias inertes...

Se inclinó hacia delante para añadir algo en tono confidencial al oído de su inexistente interlocutor:

—Estamos rodeados de dobles de cera.

Nos mirábamos sonriendo unos a otros, tratando de encontrar un cómplice para la burla de las palabras de aquel viejo loco que no acabábamos de encontrar en nosotros mismos. Pero, fuera por respeto o por renovada curiosidad, nadie interrumpió su monólogo:

—Todo comenzó hace mucho tiempo; en los días sobre los que no queda memoria —suspiró y bebió un largo trago antes de continuar—. Una noche en la que la luna llena iluminaba las habitaciones, un hombre, arrastrado por una furia incontrolable de color púrpura, acumulada en quién sabe cuántas frustraciones, acabó a machetazos con la vida de todos los seres que le rodeaban; de todos aquellos a quienes quería. Mujer e hijos sucumbieron ante la ira afilada de su brazo. Cuando pasó la nube roja y se vio enfrentado al terrible resultado de su obra, aquel hombre sintió la mayor vergüenza que un hombre pueda imaginar; el más grande desprecio, la mayor repugnancia; y trató de huir de sí mismo usando el machete sanguinolento para cortar sus muñecas.

»Le detuvieron los guardias a medio desangrar, sentado en el centro de la riza, con el gesto tan ausente como el de los cuerpos que le rodeaban.

Los clientes de la taberna ocupábamos las mesas cercanas a la del viejo para no perder detalle de su relato, pero él ni siquiera parecía reparar en nuestra presencia mientras le hablaba a la silla vacía.

—Buscando una disculpa con la que acallar la conciencia, su memoria le trajo el recuerdo de una luz rojiza de luna entrando por la ventana justo antes de que los ojos se le tiñeran de sangre y se desencadenara la tormenta. Cuando los médicos cortaron la hemorragia y los policías fueron a interrogarle, él sólo repetía las mismas palabras una y otra vez: «fue la luna llena, fue la luna llena...»

»El juez le declaró demente y el hombre pasó el resto de sus días en un sombrío hospital para locos, ocupando cada minuto en recitar la misma cantinela acusadora. ¿Quién sabe?, es posible que, a fuerza de repetirla, terminara por creer que era cierta, y lograra morir en paz.

El viejo apuró el vino con un rictus de hastío, levantó la mano, chasqueando los dedos en demanda de otra jarra, y, sin apartar la vista del vacío al que dirigía sus palabras, esperó hasta que el tabernero la posó sobre la mesa para continuar. Sentados a su alrededor, todos observábamos con expectación a aquel loco hablando de locos.

—Lo que ocurrió a partir de entonces fue que todo aquel que cometía un crimen declaraba insistentemente ser víctima del influjo lunar. Cientos de criminales a lo largo y ancho del país escogían las noches de luna para cometer sus delitos, con el propósito de tener una coartada que les cambiara el garrote por una habitación blanca si venían mal dadas. Muchos terminaban por creer firmemente en el poder de los rayos lunares, y se convertían el lunáticos que cometían asesinatos o violaciones bajo la luz del disco blanco, convencidos de no ser responsables de sus actos.

»Los altos índices de criminalidad en los días de plenilunio dispararon las alarmas, y los científicos determinaron (con un mínimo margen de error, dijeron) la responsabilidad del campo magnético del satélite en ciertas alteraciones psíquicas producidas en los humanos, que impulsaban a estos a realizar toda clase de actos violentos.

»Finalmente, los gobernantes tomaron cartas en el asunto y, tras dos días de agitadas deliberaciones, acordaron la condena a muerte de la culpable. No se hizo público, naturalmente; decidieron llevar a cabo el asunto de forma discreta. Encargaron a uno de sus generales la ejecución de la Luna y la suplantación de esta por un doble de cera que comenzó a fabricarse en ese mismo instante.

El viejo se detuvo y llevó de nuevo la jarra a sus labios. Durante la pausa, todos nos cruzamos miradas incrédulas, , haciendo esfuerzos por contener las carcajadas ante tan delirante narración; sin embargo, nadie quiso interrumpir al anciano, y guardamos silencio para escuchar su voz, más débil y trémula a cada momento.

—Nunca se supo qué fue exactamente lo que puso en aviso a la Luna, pero lo cierto es que durante algunas semanas estuvo escondida. Ella debía de saber ya que proclamar su inocencia no le serviría de nada; bien es sabido que para algunos jueces, la inocencia del acusado es sólo una circunstancia agravante.

»Apareció en la noche de san Juan. No supo resistir la tentación de la noche más corta. Una aparición fugaz, apenas un fogonazo en el cielo para los que estaban en la playa, antes de ser cazada y sustituida. Fue abatida a tiros junto a los acantilados.

»El primer disparo la cogió por sorpresa, por un costado, cuando salía de su escondite. La piel blanca, radiante, se tiñó al instante de rojo oscuro. Se arrugó como la de una patata reseca, encogiéndose tan rápido que para el resto de soldados fue muy difícil dar en el blanco. Apenas recibió la bala se giró hacia su verdugo y le miró con aquellos ojos desconsolados, enormes, faltos de reproches, que simplemente se apagaron ante él, sin comprender...

»El pellejo cargado de plomo que quedó sobre la roca se introdujo en un cofre de plata candado con seis llaves, y se arrojó lejos, a las profundidades del océano.

»Pero aquella mirada... aquella mirada... acompañará siempre al asesino en lo más profundo de su alma, si es que aún le queda. La llevará siempre aquí... aquí...

Y al anciano se le quebraba la voz mientras se golpeaba en el pecho con su puño cerrado. Sus ojos mates se humedecieron. Incluso alguno de nosotros creyó percibir un momentáneo resplandor cuando se puso en pie bruscamente, tirando la silla, y nos recorrió con ellos sin vernos. Estuvo allí unos segundos, en silencio, con su cuerpo encorvado tiritando ante nosotros y las facciones de su rostro desencajadas. Después se giró y subió las escaleras balanceándose, apoyado en la pared para no perder el equilibrio.

Nunca hemos vuelto a saber de él. La noche siguiente su silla estaba vacía. El tabernero nos dijo que había liquidado la cuenta y había salido al amanecer sin decir palabra.

Los que estuvimos en la taberna solemos, en las noches claras, recordar la historia de aquel viejo loco. El asesino de la Luna, le llamamos.

Quién sabe por qué todos evitamos desde entonces mirar al cielo.

2 comentarios:

inma dijo...

Esperando la continuación de este relato que consigue atraparte desde el primer párrafo, y eso que el título...no sé, no me convenció del todo.

¡Cómo me gustan tus historias!

Besos, Terminus.



Terminus dijo...

Perdón por la espera. Ayer tuve un día "agitado" y me fue imposible colocar el fin. Lo haré hoy, espero.
Te confieso que el título tampoco me convence a mí. Tenía otro, pero creo que era demasiado revelador. Te agradezco la opinión, claro, y acepto sugerencias. ;) Veremos si el relato se lo merece...
Besos.



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