Estación Terminus: Tratado de Imbecilidad nº 1

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—¿Cuánto me quieres, pichurrita?

—Mucho —dice Pichurrita, sorbiendo horchata por la pajita y haciendo mucho ruido.

—Pues yo te quiero más. Mucho más.

Pichurrita encoge sus hombros y no contesta. Se queda mirando los coches que pasan frente a la terraza del bar.

—Voy a conseguir ese contrato, y después te voy a comprar una casa enorme, como un palacio, ¿sí?, vas a ser la mujer más rica del país, ya verás. Una reina vas a ser.

También bebe un sorbo de su güisqui, él; está sudando, y se le está secando la garganta.

—Tanto trabajo, tantas noches sin dormir, tantas preocupaciones... darán su fruto, pichurrita, ya lo creo que lo darán. Un fruto enorme y jugoso, sí señor. Los inversores firmarán, les convenceré para que lo hagan, ya los tengo en el bote. Y después ELLOS tendrán que ascenderme, nena, no tendrán más remedio que hacerme un hueco en el consejo de administración. ¡Ja! Quisiera yo ver la cara de Martínez cuando vea mi Mercedes aparcado junto al suyo. Me voy a reír, entonces. Voy a relamerme de gusto llevando la contraria a ese cabronazo en las reuniones de la ejecutiva. Ya me lo imagino, verde, tragando quina cada mañana, con el café del desayuno atragantado en aquella papada sudorosa al oír mi voz tutearle: «buenos días, Martínez, ¿cómo va tu úlcera?» Merecerán la pena los esfuerzos de tantos años por ese momento, ¿verdad que sí pichurrita?

—Seguro, amor —dice Pichurrita observando el vacío. Está a punto de acabarse su horchata, Pichurrita. Por la acera de enfrente pasa una señora con chaqueta de lana, qué exageración, y un perro abandonado orina al pie de una farola y se aleja, muy alegre, dando saltitos, ¿adónde irá? Como sin querer, la mirada de Pichurrita se posa en la entrepierna del vecino de mesa y se desvía haciendo melindres —huy, por Dios—, escandalizada. Pero la curiosidad puede más que los prejuicios, y regresa, discreta, al mismo punto, la mirada, y Pichurrita se escandaliza de nuevo, pero no por su comportamiento esta vez, sino por una simple cuestión comparativa. Y parece muy relajada, la entrepierna, pero aún así. ¿Será posible? Y el poseedor de tal desproporción la está mirando, qué vergüenza, la ha visto. Pero no está molesto, aquel trípode, al contrario: sonríe, y luego entra en el bar. ¿La ha guiñado un ojo? Señor, Señor...

—... es un problema de marketing. Basta darle el enfoque adecuado y, ¡zas!, les tienes en la mano. Así de fácil. Nuestros productos son excelentes pero debemos luchar hasta obtener precios que resulten competitivos en el marco internacional, y eso implica focalizar nuestros recursos humanos en objetivos...

—Voy al servicio, cariño.

—... lograr cotas realmente altas de crecimiento y... ¿eh?

—Que voy al servicio —repite Pichurrita, poniéndose en pie y bajándose un poco la falda.

—Ah, sí, bien. Trae otra copa cuando vuelvas, pichurrita. Muac, muac —se los manda volando, los besos— para ti, reina.

Pichurrita le hace una mueca. Iba para sonrisa, la mueca, pero se malogró como una joven promesa y, ya se sabe, eso fue todo. Después desaparecen en el bar, Pichurrita y su mueca.

¡Ah, mujeres...! Qué haría sin ellas. Era una mujer bella, la suya, tan sensual y comprensiva. Además hablaba poco, lo cual era una ventaja añadida. Debía de sentirse orgullosa de su marido, el triunfador, el tiburón de los negocios. Sí, debía de ser la envidia de sus amigas, su pichurrita. ¿Tenía amigas su pichurrita? Bueno, alguna debía de tener, ¿no iba a uno de esos cursos de no-se-qué? Recordaba haberlo pagado él, ese curso de no-se-qué. La verdad es que no hablaban mucho acerca de ella. La verdad es que no hablaban mucho. La dedicaría más tiempo si no fuera por las fluctuaciones del mercado. Por cierto, ¿cómo ha cerrado hoy el Nasdaq? Lástima de portátil. Otro sorbo de güisqui, es agua, ya no queda, mierda. ¿Cuánto tarda mi pichurrita? Martínez, cabrón, me voy a reír. El capullo de al lado se ha dejado su copa entera, los hielos se han derretido y están formando un charquillo sobre la mesa de cristal. Mira que hay gente rara. Un deportivo plateado pasa como un balazo por la carretera y hace moverse los vasos. Hay una mujer rubia en el asiento del copiloto que se oculta como una marioneta de trapo bajo el escenario de la ventana —apenas un parpadeo, insuficiente—. ¿No era...? Pero no, ¿cómo va a ser? Jajaj... estaría bueno, ¿te imaginas? La verdad es que se parecía mucho, sí, tiene gracia. ¿Y ese güisqui? Pichurrita tarda demasiado, ¿qué andará haciendo?

El perro abandonado olisquea la farola frente a la terraza —SU farola, piensa, el infeliz—, y levanta una pata para reafirmar su propiedad.

En el fondo del bar hay una puerta trasera que aún se balancea.

4 comentarios:

JUAN dijo...

Saludos,Terminus:
Acabo de leer este cuento y el de La soledad en El Recreo, y como no estoy inscrito te comento aquí, total, para decirte que cada día me asombras más con tu arte de escritor no hace falta enseñar el carné de identidad.
Este cuento especialmente me ha dejado pasmado,¡qué bien lo cuentas todo! Se lee de una tirada sin parar y se viven las imágenes. El otro también me gustó mucho, pero como ya lo conocía, me ha impresionado menos. Continúa a si, amigo; triunfarás. Un abrazo
Juan Pan García | Homepage | 09.14.06 - 3:48 pm | #

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inma dijo...

Hola pichurri,

Joer, disculpa la entrada pero después de leer el relato, no puedo ponerme seria. Un desenlace perfecto. Como bien sabes, mi desconocido amigo, soy una incondicional de tus letras y leo todo lo que entra en este blog, incluso leí algo que luego quitaste, ese de tu amigo el de la playa. Recuerdo que era precioso.

Un abrazo Terminus.



Terminus dijo...

Hola, Juan:
Me alegra verte por aquí y que te guste lo que lees. A ver si vuelvo a la rutina y actualizo el blog más a menudo.
Acabo de recoger del buzón tu relato y estaba a punto de mandarte un correo para decírtelo. Lo leo este fin de semana y te comento.
Muchas gracias por todo, Juan.
Saludos.



Terminus dijo...

Pichurri, jejej... nada, nada, está bien.
Cuánto tiempo!
Siento haber abandonado esto un poco (bastante) este verano. A ver si, como le digo a Juan, a partir de ahora vuelvo a pasarme por aquí con regularidad a dejar alguna cosa. Tengo que enviarte lo que ando escribiendo, cuando esté presentable, y también ese texto del que me hablas.
Espero que todo te vaya bien. Yo, más o menos igual: ni tan bien como para celebrarlo, ni tan mal como para quejarme.
Me alegro mucho de que sigas por ahí.
Un abrazo.



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