Estación Terminus: ¡Hay prójimos por todos lados! (1)

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—Tengo mucha imaginación.

—Si, eso es evidente.

—Bueno, es lo que ustedes necesitan, ¿no es así?

—Verá, señor... —mister Hackelford se subió los anteojos y leyó en los papeles que tenía sobre el escritorio— ... Nágara, yo creo en el poder de la imaginación. Esta empresa no estaría en donde está si no hubiese arriesgado durante décadas allí donde otros, con sólo planteárselo, temblaban como doncellas. Sí, es cierto: la imaginación es y ha sido siempre nuestro mayor activo.

—Bien, entonces...

—No me interrumpa, por favor. Lo que quiero decirle es que cuando publicamos un anuncio requiriendo una persona con determinadas características, lo que pretendemos es a encontrar a alguien que las cumpla. Usted, señor Nágara, nos ha mentido.

Mario Nágara carraspeó. Se sentía un tanto violento, tratando de disimular su fastidio. Estaba allí, en un intento nada entusiasta por conseguir un contrato, porque no había podido encontrar una buena excusa que darle a su mujer. Las había gastado todas en los últimos meses. No tenía ganas ni intención de trabajar en aquel cuchitril del que tan orgulloso estaba su rubicundo entrevistador. Hackenford Toys & Games Incorporated. La presunción hecha fábrica de muñecas. Sólo hacía diez minutos que estaba en aquel lugar y ya se sentía deprimido. Rebeca, su agria media naranja, le había enseñado a Mario el anuncio del periódico rodeado de pintalabios violeta. «Mira», había dicho, poniendo su dedo en medio del círculo, «necesitan a alguien creativo. Quizás le encuentren algún provecho allí, a tu estupidez. Puedes enviarles una carta asegurándoles que toda tu vida se desarrolla en la décima dimensión. Yo podría dar fe de ello, si te piden referencias.»

Dominio del inglés (hablado y escrito). Experiencia demostrable en puesto similar durante al menos dos años. Conocimientos informáticos. Preferible licenciado en Bellas Artes. Se valorarán conocimientos en otras materias relacionadas con el puesto. Permiso de conducción, tipo B. Buena presencia... Mario se había reído mucho leyendo todo aquello. Si por gracia divina hubiese cumplido él una décima parte de las exigencias del anuncio, lo último que se le hubiera pasado por la cabeza habría sido solicitar un empleo en Hackelford Inc. Debían de tener un muy alto concepto de sí mismos, o estar absolutamente chiflados, para publicar un anuncio como ese. Lo cierto es que no era una broma, y ahí estaba la gracia. A Mario no le pareció mala idea seguirles el juego. Si ellos eran capaces de publicar aquello sin ruborizarse, él no iba a ser menos. Quizás por eso, y también porque Rebeca no le quitaba ojo de encima mientras se pintaba las uñas, se decidió a escribir una respuesta a la oferta del periódico. De hecho se había divertido mucho haciéndolo, cuidando de cumplir con creces con todos y cada uno de los requisitos demandados. Casi dos horas después, cuando terminó de teclear, se sintió sinceramente orgulloso por el resultado. Satisfecho, Mario metió en un sobre los nueve folios y escribió cuidadosamente la dirección a mano. En Hackelford Incorporated, Larry Hackelford Jr. recibiría con no poca perplejidad la hasta entonces única solicitud para el puesto vacante en el Departamento de Creación y Recreación entre el correo de la mañana. Una auténtica joya de surrealismo mágico nagariano. Ahora sostenía la impactante biografía con las manos un tanto temblorosas. El autor de tal derroche imaginativo estaba sentado frente a él.

—Bueno, quizás exageré un poquito en el currículum vítae —reconoció Mario muy serio.

—Exageró... ¿un poquito? Por todos los dioses, señor Nágara, en estas páginas incluso los signos
de puntuación son de dudosa procedencia. ¡Usted nunca estuvo en Harvard!

—No, ciertamente. Verá, creí que ustedes no me llamarían si les decía que estudié en el Instituto de Enseñanza Secundaria José María Iñigo.

—En efecto, caballero, no le hubiésemos llamado jamás.

—¿Lo ve?

—¿Para qué cree que sirven los currículos?

—Siempre me he hecho esa pregunta.

—No podemos contratar a alguien que no está preparado. Nuestro personal debe superar un exigente proceso de selección, señor Nágara. Ponemos el listón a cierta altura para evitarnos ciertos inconvenientes.

—Ya veo. A usted le gustaría contratar a Picasso, para pintar monigotes a tanto la hora. Siempre y cuando Picasso supiera manejar el Photoshop y leer a Shakespeare con acento de Birmingham.

—Queremos empleados solventes.

—Usted es libre de dirigir su empresa como crea conveniente, faltaría más, pero déjeme decirle que si el ayuntamiento de la ciudad tan sólo admitiera a ingenieros aeronáuticos en el cuerpo de barrenderos, nos ahogaríamos entre la basura.

—Usted no es ingeniero. Ni pintor. Ni siquiera se ha licenciado.

—Y el inglés es para mí un idioma tan misterioso como el etrusco. Pero lo que quiero decir es que... ¡Ah! Ya está bien, es absurdo continuar con esta conversación. Puede elegir entre las decenas de físicos cuánticos y doctores en neurología que sin duda se agolpan en su puerta, esperando que les muestre usted su benevolencia en forma de contrato temporal raquíticamente remunerado. ¿Puede saberse por qué sigue usted perdiendo el tiempo conmigo?
Larry Hackelford Jr. había posado los anteojos sobre la mesa después de leer algo en uno de los folios, y dirigió una mirada llena de curiosidad a Mario mientras este se ponía en pie y se colocaba, muy digno, la chaqueta.

—Es usted una persona interesante. No puedo negarlo.

—Todas las personas que conozco discreparían con usted.

—¿De veras aprendió escultura oriental en un monasterio tibetano?

—Por supuesto que no. ¿Tengo acaso pinta de monje budista? ¿Cómo ha podido tragarse eso?
El señor Hackelford lanzó un suspiro hacia el techo.

—Al menos sabrá dibujar.

—¿Dibujar? Bueno, si se refiere a hacer monigotes... ¿No estará pensando en contratarme, verdad?

—Lo cierto, señor Nágara, es que tal vez me arrepienta de esto más adelante, pero si aún quiere trabajar en HT&G, quizás tengamos un hueco para usted.

A Mario le sorprendió el temblequeo de sus rodillas y se desplomó sobre la silla de eskay marrón.

—¿Trabajar? Oh, Dios mío...

5 comentarios:

orris dijo...

Bienvenido.
Un placer volver a leerte.



Suel dijo...

Pues sí, la espera ha merecido la pena.

No se si ha sido intencionado o no, pero ambiente y personaje desprenden un aroma a La conjura de los Necios y su genial Ignatius Rally que aún me tienen con la sonrisa puesta.



B. Miosi dijo...

Hola Terminus, me encanta tu blog, y me encanta ese libro que aparece: La búsqueda. ¡Muchas gracias!
"Una auténtica joya de surrealismo mágico nagariano", esa frase me encantó en tu cuento, veo que tu estilo, así como la página de la Estación han cambiado, y eso es muy bueno, no porque lo anterior fuese malo; es indicativo de nuevos vientos.
Como siempre, disfruté hasta la última línea, retratas con sarcasmo la sociedad en la que vivimos. Yo también me pregunto ¿para qué sirven los currículums? si generalmente terminas trabajando en lo opuesto, jaja,
Bueno, querido amigo, espero visitarte seguido, así que afila el lápiz.
Besos,
Blanca Miosi



Terminus dijo...

Ya he visto que seguís escribiendo en vuestros blogs. Muy bueno el tema del video, Orris, me gusta como suena.
Suel, ciertamente no es premeditado, pero sí que recuerda (salvando las distancias) a Ignatius, tienes razón. Adoro a Ignatius, claro, pero también al Meursault de Camus, y al Bardamu de Céline, y a los neuróticos personajes de Woody Allen... En fin, me apetece divertirme un poco, así que veremos lo que va saliendo. Quizás algo pueda rescatarse después.
Bueno, encantado de teneros de nuevo por aquí.Un saludo.



Terminus dijo...

Blanca, no hay de qué, La búsqueda se merece la recomendación en cualquier caso.
Me alegra que te pases por aquí. No sé si he cambiado el estilo, en todo caso me divierto más. Solo espero que quien lea se divierta al menos la mitad que yo. Para lamentarse también habrá tiempo, pero ahora me apetece más dibujar caricaturas...;)
Un abrazo, y mucha suerte con la novela.



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