Estación Terminus: ¡Hay prójimos por todos lados! (2)

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—¡Tendremos que largarnos de aquí! ¡Exiliarnos! ¡De nuestra propia casa! Nos va a echar, Amalia. ¡A la puta calle!

—No hables así, Artulfo. Ya está bien. Luego te duele el pecho. ¿Te has tomado las píldoras?

—¡Comunistas...!

—¿Me estás oyendo? ¡Las píldoras!

—Ya las tomé, Amalia. No me vuelvas loco. Píldoras, píldoras... ¡Nos están invadiendo! Ganamos una guerra para nada.

—¿Pero de qué hablas? Mira que te tengo dicho que no escuches la radio por la mañana.

—Pero qué radio ni qué... ¡Mira! ¡Fíjate! Ahí, en la ventana de la cocina. ¿No los ves? Tus nuevos vecinos.

—Ah, ya han alquilado el piso. Sí que han sido rápidos. ¿Y qué es lo que les pasa?

—Jipis. ¡Jipis de mierda! Eso es lo que pasa. Esto es demasiado, Amalia. Rojos, comunistas. Carroña. Basura. ¡Enfrente de mi cocina! Por si no teníamos suficiente con tu hijo.

—Deja a Mario en paz. No es para tanto papá... No te pongas así. ¿A ti que más te da?

—¡Cómo quieres que me ponga! Con esos pervertidos amenazando mi vejez. Sodomitas. Drogadictos. He conocido muchos drogotas como esos. Todo el día con la guitarrita y los porretes y Dios sabe cuántas cosas peores. ¡No quiero tener que ver a un puñado de drogadictos mariquitas cada vez que me asome a mi ventana!

—No tienes por qué asomarte, Artulfo. Olvídate de los chavales.

—¿Chavales? ¿Esa pandilla de delincuentes? ¡No me extrañaría que fuesen terroristas! Tendrían que detenerlos ahora, antes de que sea demasiado tarde. Pero no. Aquí nadie mueve un dedo. Tanta democracia y tanto blablablá. Este país se va al carajo.

—A mí me parecen unos chicos majos. Modernos.

—Te atracarán cuando vayas al supermercado. Te pondrán una navaja en el cuello y te quitarán la calderilla y ese collar de perlas tuyo que no vale un duro. Entonces me voy a reír, yo. De asco. Acabaré yéndome al extranjero, o al desierto, quién sabe... ya no se puede estar a salvo en ninguna parte.

—¿Adónde vas a ir tú, hombre de Dios?

—Porque no tengo un buen fusil. Si no iban a ver esos... ¡maricones!

—Anda, Jon Vaine. De momento te vas a ir al salón, a ver la tele —Amalia corrió las cortinas de flores, suspirando—. Y yo voy a prepararte una tila bien cargada.

—¡No necesito ninguna tila! ¡No soporto que me hables como a un viejo chocho! ¡No pienso consentírtelo! ¡Hasta ahí podríamos llegar!

—Cuando te pones así, me dan ganas de meterte en un asilo... ¡Vete a tu sillón y déjame tranquila! ¡Ya he tenido bastante!

—¿Crees que puedo sentarme a ver la televisión con esos terroristas en el piso de al lado? A saber lo que estarán tramando mientras discutimos.

—¡He dicho que se acabó! ¡No tengo la cabeza para tonterías! ¡Al salón!

Don Artulfo se sobrecogió un tanto ante la ira filial. Cuando su nuera se ponía así, señalando la puerta con el dedo índice y apretando la dentadura postiza, era mejor no discutir. En silencio, arrastrando sus babuchas por los azulejos, se batió en retirada hacia el salón.

—¡Bruja! —Masculló, antes de desaparecer entre las sombras del pasillo.




Mister Hackelford Jr. apagó la luz de su escritorio y se puso en pie, dispuesto a dejar la oficina y regresar a su casa. En realidad no deseaba volver. Cada noche tenía que sufrir la misma penitencia al abrir aquella puerta tras la que no esperaba nadie y prepararse una cena frugal antes de acostarse en una cama demasiado grande para un hombre tan viejo y tan solo como él. Resultaba inevitable recordar a Lady Annie en aquella cama que compartieron durante tantos años. Annie amaba España. Fue ella quien, algunas décadas atrás, decidió que se instalaran en este país que le parecía tan encantador como una leyenda medieval. Por esa época en su club de lectura estudiaban la vida y milagros de Ernest Hemingway (por suerte no leían a Conrad, si no ahora Hackelford Incorporated tendría su sede en mismísimo corazón de las tinieblas). En dos semanas estaban haciendo las maletas y comprando pasajes para Madrid. Él nunca supo resistirse a sus deseos. Al menos prefirió los sanfermines a los mojitos habaneros, gracias a Dios. Y ahora, en un último capricho, se le había adelantado, largándose en un lindo ataúd con una plácida sonrisa, y dejándole solo, aquí, en esta tierra de seres extravagantes, no sin antes estar a punto de arruinar a Hackelford Industries.

Después de ponerse el abrigo, mister Hackelford bajó por las escaleras metálicas hasta el almacén de la fábrica con aires nostálgicos. Allí se amontonaban cientos de cajas de cartón polvorientas y perfectamente embaladas. La mayor parte de su patrimonio estaba dentro de esas cajas, amontonando polvo. Annetta, la Barbie del siglo XXI. La idea se le ocurrió a su difunta esposa, y supuso, que se sepa, el mayor fracaso de la industria del juguete y la evaporación de la mayor parte del capital de Hackelford Inc. El señor Hackelford extrajo una de las muñecas de la única caja abierta. Annetta le miró, provocativa, con sus ojillos de plástico llenos de pestañas. Los labios de la muñeca parecían hinchados con silicona. La anaranjada melena cardada le daba un toque fantasmagórico al conjunto. Annie se había empeñado en que su muñeca pareciese real; incluso tenía pintados unos diminutos pezoncillos en sus pechos (mister Hackelford lo recordó con repugnancia). Los gastos de producción y de la campaña publicitaria pusieron a los contables de la empresa contra las cuerdas. Después de que varias organizaciones feministas (y alguna machista también) tomaran a Annetta como cabeza de turco en su cruzada contra la obscenidad y el mal gusto, la muñeca fue retirada del mercado. En cualquier caso, no se hubiera vendido ninguna: los niños lloraban al verla y las madres hacían llorar a los dependientes por ofrecerla. Durante los últimos años, Larry Hackelford había tratado por todos los medios de olvidar a aquella Mesalina plástica. Debía de haber más de un millón de pequeñas prostitutas toxicómanas embaladas en su almacén.

Ah, pobre Annie, cuánto te echo de menos...




«Se mueren por un Mercedes. Míralos, dan asco.» Mario filosofaba en la parada del autobús. Acababa de salir de las oficinas de Hackelford Inc y podía sentir aún la flojera en sus piernas y su habitual rencor hacia lo humano y lo divino multiplicado por los recientes acontecimientos. «Creen que su situación es sólo circunstancial. Un pequeño bache. Todos ellos. Te miran por encima del hombro, para dejar claro que no son como tú. Que lo suyo es pasajero. Mañana tendrán un chófer y un sedán con aire acondicionado, y no estarán aquí, contigo, esperando al puto autobús que no acaba de llegar, y muriéndose de frío bajo el metacrilato del apeadero. Lo creen de verdad. Pero el mañana se va aplazando, y mientras tanto, mientras llega, se les va pasando la vida bajo un paraguas, bajo la dictadura del despertador y la obligación de fichar a tiempo. En el fondo, me dan pena. Les han contado un cuento de princesas y príncipes azules y los mamones se lo han creído. Les han vendido la moto.»

Mario notó algo clavarse en su espalda.

—¿Se puede saber qué...?

—Disculpe, señor. ¿Puede darme usted algo? —Susurró un anciano demacrado con barba amarilla y bufanda de lana extendiendo una mano temblorosa.

—¡Búscate un trabajo, vago!

Un cuarto de hora después entró en casa arrastrando las botas con aspecto abatido. Saludó con un gruñido. Sin detenerse, se dirigió a su habitación y cerró la puerta tras él. Pensó en escribir algo que aliviara su languidez, que le calmara los ánimos. Encendió la Play Station en un gesto rutinario, casi subconsciente. No podía dejar de pensar en el día siguiente y tenía la extraña sensación de haber sido enrolado en la tripulación de un navío mercante con destino incierto.

—¿No vas a comer nada? —Preguntó la señora Nágara tras la puerta.

—No. Déjame en paz.

En ese preciso momento estaba a punto de darse la salida en el circuito de Silverstone. Mario partía de la tercera posición, con un Ferrari. Apretó el acelerador.

—¡Baja ese volumen, hijo de satanás! —Gritó don Artulfo desde su sillón.

Antes del final de recta sonó el teléfono en el salón. «Sí, acaba de llegar. No sé, está muy raro.» Escuchó los pasos inconfundibles de su progenitora acercarse por el pasillo.

—Abre, hijo. Es esa chica...

—¡Mierda!

Mario sufrió una salida de pista. Destrozó el alerón delantero contra el muro de protección.

—¿Sí? —dijo, arrancando de las manos de doña Amelia el teléfono y cerrando la puerta en sus narices.

—¿Qué tal te fue en la entrevista?

—Casi había conseguido olvidarlo. Supongo que ese don tuyo de la inoportunidad es herencia genética.

—Vaya, ya temía que no iría bien. Eres un irresponsable, Mario. ¿Piensas madurar algún día? Esa no es manera de...

—Oh, cállate ya. Voy a darte una gran noticia: a partir de mañana, HT&G incorporated contará con un nuevo joven valor en el Departamento de Creación Y Recreación. Esos chalados me han ofrecido un contrato.

—¿Lo dices en serio? No puedo creerlo, Mario.

—Yo tampoco. Trataba de asimilarlo cuando me has interrumpido.

—Pero... es una buena noticia. ¡Vas a trabajar!

—Por favor, contente un poco. No es muy delicado por tu parte celebrar de ese modo tan estentóreo la desgracia ajena.

—Voy a llamar a mis padres para decírselo.

—Esto es humillante. Debería colgar el teléfono ahora mismo.

—La verdad, no me esperaba esto de ti.

—De todos modos no creo que pueda soportarlo durante mucho tiempo. Tendrías que haber visto a ese hombre, ese tal Hackelford o como se llame... Sin duda es un maníaco pervertido. Te confieso que temo por mi seguridad cuando pienso que me lo encontraré allí cada mañana.

—Bien, Kunta Kinte, ahora vas a parecerte a las personas normales.

—Más bien creo que voy a convertirme en un anormal más de los que llenan las calles a primera hora de la mañana.

—No te vendrá mal salir de tu agujero. Hasta los osos despiertan en primavera.

—Los osos tienen una buena causa: despiertan para arañar pinos. Ellos no se ven obligados a trabajar ocho horas para un perturbado.


2 comentarios:

B. Miosi dijo...

Terminus, sigo con expectativa tu cuento, al principio, te confieso me confundió un poco, pues tenía idea de que Mario era casado, luego resulta que vive en casa de sus padres y la que lo llama es su novia, ¿es así? fíjate que soy un poquito lenta. Espero la continuación, por la cadencia y el ritmo, creo que va para largo. Me gustaron mucho algunas partes realmente exelentes:Don Artulfo se sobrecogió un tanto ante la ira filial. Cuando su nuera se ponía así, señalando la puerta con el dedo índice y apretando la dentadura postiza, era mejor no discutir. "En silencio, arrastrando sus babuchas por los azulejos, se batió en retirada hacia el salón." "Encendió la Play Station en un gesto rutinario, casi subconsciente. No podía dejar de pensar en el día siguiente y tenía la extraña sensación de haber sido enrolado en la tripulación de un navío mercante con destino incierto."
Y como estos párrafos podría señalarte otro, fue un gusto leerte, como siempre.
Blanca



La Hija de Zeus dijo...

Hola Terminus.. un abrazote



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