Estación Terminus: Sadismologías II

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Se escuchaba el murmullo desde el otro lado de la calle Prosperidad. El gentío crecía junto al número 57. Me acerqué, llevado por la corriente y por la curiosidad (qué esperaban, soy humano), y comprendí el asunto en un abrir y cerrar de ojos. Todo dios miraba hacia arriba. Luego se daban codazos y cuchicheaban, muy solemnes ellos, sobre la cuestión. Cuando dirigí mi mirada hacia el punto de convergencia de todas las demás pude ver lo que tenía tan interesados a mis convecinos. Uno de ellos, uno de los veteranos de la cochambre, se había hartado del paisaje, al parecer, y amenazaba con arrojarse desde el balcón del cuarto.
No era raro enterarse de que tal o cual apartamento había quedado vacío y listo para alquilar porque su antiguo inquilino, siempre de forma discreta, había tomado demasiados barbitúricos o se le había ido la mano con la cocaína marca Acme que vendían en el parque. El mes pasado un jubilado desapareció, junto a sus seis perros y todo el ático en el que vivían, a causa de una explosión de gas, nunca sabremos si intencionada o accidental. Pero un realquilado divorciado saltando desde el balcón a plena luz del día es un espectáculo fuera de lo común, incluso para este barrio, y los habitantes siempre agradecen algo, lo que sea, capaz de sacarlos de la rutina.
«¡Déjenme en paz!»
Suplicaba órdenes, el pirado, a la multitud, que no le hacía ningún caso. Algunos miraban sus relojes de pulsera. Se impacientaban, porque tenían que ir a sellar la cartilla del paro o a ver la telenovela de la mañana, y aquello tenía pinta de ir para largo. Otros, los chavales del Instituto, que habían salido al recreo y, visto lo visto, pasaban de volver a clase, hacían fotos con sus teléfonos móviles y se descojonaban de la risa. «¡Voy a tirarme!», insistía el otro desde arriba, y la muchedumbre suspiraba, aliviada y un tanto escéptica. Los ancianos habían abandonado su banco habitual a la orilla de la acera, puestos en pie todos, en medio de la carretera cortada, con su artrosis y su parkinson y sus cataratas, para disfrutar de una mejor vista. Me senté en su lugar y encendí un cigarrillo.
Supe, en menos de diez minutos y sólo extendiendo un poco las orejas, que el suicida en cuestión se llamaba Hermenegildo, lo cual es una putada, pero no motivo suficiente (es algo que puede solucionarse en cualquier juzgado, de todas formas). El hombre había trabajado en la fábrica de azulejos durante veintitrés años, por lo menos, hasta que alguien —ese alguien que se encarga de joder a todos los Hermenegildos del mundo— hizo números y comprendió que resultaba más barato importarlos desde China, los azulejos, y cerró la fábrica, y dejó a Hermenegildo, como a tantos otros, con el culo al aire y con muchas ganas de saltarse, uno a uno, todos los Santos Mandamientos. Su mujer trabajaba en el Corte Inglés, sección lencería. Fue la gota que colmó el vaso, ella. Se largó de casa unos meses atrás con su jefe de planta. Dejó los cajones vacíos. Hasta el gato se exilió con ella.
Todo eso seguía sin justificar la actitud del sonado del cuarto. Si fuera así, la mitad del barrio estaría arrojándose desde sus balcones.
«¡Tírate ya y deja de joder!», gritó uno de los chavales, lo cual fue recibido entre carcajadas por sus compañeros, y entre sonrisas más o menos discretas de la multitud. «¡La vida es una mierda!», exclamó, por su parte, Hermenegildo, en una arranque filosófico muy propio para la situación. «¡Nada vale la pena!», añadió, explotando el tópico, metido en su papel. Una mujer entrada en años y en carnes alzó la voz por encima del murmullo general para dirigirse al nihilista del balcón: «¡Te equivocas, Hermes, aún hay gente que te aprecia! ¡No lo hagas, Hermes! ¡Te lo suplico! ¡Piensa en los demás, ya que no lo haces en ti!» Era doña Lola, la casera, sinceramente conmovida. Su intervención le valió las miradas llenas de reproche de todo el barrio. «¡Bruja!», dijo una voz desde el interior del tumulto. Doña Lola miraba a su alrededor y hacía gestos, entonces, con las palmas vueltas hacia arriba, como diciendo: «Y qué queréis, ¡me debe cuatro meses de alquiler!»
No hay mucho tráfico en la calle Prosperidad, normalmente, pero ahora algunos coches estaban retenidos por la concentración expectante y los conductores hacían sonar sus claxons con mucha mala leche. Los vecinos se encogían de hombros y señalaban al cuarto piso, pero no se movían ni un centímetro de donde estaban. Resignados, los conductores hacían llamadas por sus teléfonos para avisar de que llegarían tarde, y después salían a unirse con el grupo, más numeroso a cada momento, y dirigían todo su rencor hacia el culpable del alboroto. Una sirena de policía aullaba al fondo de la calle. El atasco no les dejaba pasar hasta el 57.
Yo ya me daba cuenta, a esas alturas de la fiesta, de que el pobre Hermenegildo no sabía en dónde se había metido. Sólo había que verle la cara, al infeliz. Se le habían ido todos los planes al carajo. Nos miraba, sujeto a la barandilla de hierro del balcón, entre molesto y confundido, mientras aquí abajo se sostenían conversaciones sobre los efectos de arrojarse desde quince metros de altura (muerte segura, sentenciaba la mayoría, mientras otros apostaban por la paraplejia. Fracturas leves era la opción menos aceptada), o sobre la cantidad de tiempo que era necesario para hacerlo, que ya lleva una hora lo menos, el indeciso, y yo tengo cosas que hacer. «Podría tirarse desde un puente, o despeñarse por un acantilado en la costa, y no aquí, en el centro, jodiendo al personal.» «No se atreve...», dijo alguien a mi izquierda, «... no tiene huevos, te lo digo yo.» «¡Sois todos unos hijos de puta!», bramó Hermes, desde las alturas. Todos miramos de nuevo hacia allá, un poco hartos ya, pero azuzados por el nuevo tono del discurso. «¡Hijos de la grandísima...! ¡Estáis deseando que me tire! ¡Todos vosotros, cabrones! ¡Eso es lo que estáis esperando!» Nadie le contradijo. Cogió aire y prosiguió: «¡Sois unos mierdas! ¡Deberíais estar aquí arriba, todos! ¿Creéis que vuestra vida es mejor que la mía?» Iba mal encaminado, por ahí, intentando convencernos. Si su propósito era arrancar una ola de solidaridad suicida entre la vecindad estaba listo, el orate. «¡Hijos de puta!», repitió, sin demasiada fluidez verbal. «¡Queréis verme caer! ¿No es eso? ¡Queréis algo que poder contar mañana! ¿Eso es lo que estáis esperando, eh? ¿Es eso?» Por un momento dio la impresión de que iba a lanzarse, por fin, y dejarse de monsergas. Cientos de ojos brillaron bajo sus pies, esperanzados.
Podría contar que el pobre Hermenegildo tomó impulso, con la vista perdida, y se arrojó sobre la muchedumbre que le hizo hueco antes de tomar tierra. Podría decir que el golpe fue seco y rotundo, como el que hubiera hecho un saco de cemento, y que su cuerpo quedó descoyuntado, hecho añicos, en una postura imposible en el medio de la calzada y de la vecindad. Añadir que todo el mundo se llevaba las manos a la cabeza, que algunos la giraban para no ver, que los chavales seguían haciendo fotos, pero sin risitas ya, muy afligidos, todos ellos. Que la señora Lola lloraba desconsoladamente mientras calculaba sus pérdidas. Que la empleada del Corte Inglés llegó corriendo desde un taxi y se arrodilló junto a su exmarido, todo retorcido y hecho mierda, blandengue, con los huesos convertidos en arenilla y los órganos desparramados dentro del pellejo...
Lo cierto es que no ocurrió nada de eso. Hermes vaciló. Cambió de postura y enredó sus piernas entre los barrotes. Se aclaró la garganta y dijo: «¡No pienso hacerlo!» Una corriente de decepción corrió entre los espectadores. El murmullo fue en aumento. «Bah, ya lo había dicho yo...», confirmó la voz de mi izquierda, «... Un cagao, eso es lo que es. Cantamañanas. No saben que hacer para llamar la atención.» A mi alrededor todo eran gestos de desagrado y ceños fruncidos. Hermes, sudoroso y rojo como un tomate, pasó sus piernas por encima de la barandilla y desapareció tras las cortinas de su salón. Los abueletes se giraron y me dirigieron miradas hostiles hasta que dejé libre su asiento y pudieron hacer uso de sus posesiones. Los estudiantes regresaron a las clases de mala gana. La mayor parte de los reunidos observaron sus relojes y comprobaron que era muy tarde y que no llegarían a tiempo a sus rancios quehaceres matutinos, tras lo cual dirigieron una última mirada de reproche al balcón del culpable antes de abandonar la platea.
Cuando la policía llegó, finalmente, al 57, con órdenes de despejar la calzada y disolver la concentración de mirones, descubrieron que no quedaba ya nada que despejar. La acera estaba repleta de cascos de pipas y colillas de cigarrillos. Los ancianos daban de comer a las palomas y hablaban de su reuma y de su pensión. Los agentes, negando con la cabeza como los enfermeros de un psiquiátrico en hora punta, regresaron a su coche patrulla, dispuestos a olvidar el asunto.
No todos hicieron lo mismo. En el cuarto piso del 57 hay hoy un cartel de se alquila. Lo último que he sabido de Hermenegildo (Hermes para amigos y acreedores) es que abandonó el barrio. Se mudó, el cagueta, al otro lado de la ciudad. La convivencia se le hizo muy complicada al inquilino del cuarto. No soportó la presión. Los vecinos de Prosperidad somos rencorosos, y jamás olvidamos un desplante.

7 comentarios:

Suel dijo...

El público quiere espectáculo, y si eso incluye carnaza y vísceras mejor aún, por eso ahora en el telediario para dar las estadíaticas de la DGT nos ponen bellas imágenes de zapatos salpicados de sangre en mitad de la carretera.
Yo estoy con Hermes, el que quiera que lo entretengan que se vaya al circo.



Jenni dijo...

He llegado hasta el final y me ha gustado!



clara dijo...

Muy buen relato

Un saludo



naturline dijo...

Magnificas ilustraciones, fantástico su blog felicidades, reciba un grato saludo.



JUAN dijo...

Hola,Terminus:
No recuerdo ahora el título, pero hace unos años emitieron una película en TVE con este tema. La gente acampó debajo del edificio y profería insultos contra el suicida: "No tenemos todo el día", gritaban. Al final no se tiró y todos estaban desilusionados.
Lo has plasmado muy bien en tu cuento y me he divertido al recordar gracias a ti aquella película.
Saludos.



La Hija de Zeus dijo...

Mala gente la de ese barrio.. en un barrio llamado prosperidad todos deberían ser felices y cordiales.. no crees?

un besote



Lourdes dijo...

Es la primera vez que entro en un blog, he pinchado en este por casualidad y he tenido suerte en leer tu relato. Me anima a seguir buscando literatura en la web. Gracias.



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