Estación Terminus: Sadismologías

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No van a dejarme en paz. No hay forma de deshacerse de ellos. He intentado por todos los medios que se apartaran, que no me molestasen más, pero parece que se divierten, los sádicos, provocándome. Ayer, acercándome todo cuanto pude, les grité. Les apunté con mi dedo índice, amenazándolos. Me llamaron loco, pero no se alejaron. Carcajeaban. Sus risas son terribles, insoportables. Me sentí ridículo, encañonándoles con mi mano temblorosa de ira. Me daba cuenta de mi impotencia. Nada podía hacer. Nada sucedió. Alguien arrojó algo que rebotó en mi sien, seguían riendo. Fue así hasta que se aburrieron, hasta que decidieron dejarme solo, darme una tregua, para ir, supongo, en busca de quién sabe qué otra inocente víctima con quien saciar su barbarismo. Volverán hoy, sin duda, como todos los días. ¿No tienen otro sitio a donde ir? ¿Por qué a mí? Yo no les hecho nada, sólo quiero que me dejen tranquilo, que me olviden, pero esos pervertidos disfrutan humillando a quien consideran diferente, y por tanto inferior. Ni siquiera sienten odio. Para ellos es un pasatiempo, un juego inocente. Puro divertimento. Pero yo... Sueño con sus rostros desencajados por la risa, con sus ojos acuosos y sus dentaduras amarillentas. Tengo pesadillas en las que una gran jauría de hienas me rodea, estrechando el círculo con lentitud, hasta cerrarlo del todo. Se lanzan sobre mí, me ahogan, me devoran. Cuando una de ellas se decide a hincar sus colmillos en mi vientre, es imitada por el resto, y escucho su carcajeo, y siento sus mordiscos ansiosos acabando con mis piernas, mis brazos, mis ojos... Me despierto, sobrecogido, con sudores helados y temblores histéricos. Se acerca la hora. Antes de que me de cuenta estaré de nuevo rodeado por las bestias, son tan puntuales, nada me salvará. Es terrible, sentir miedo. Miro el reloj y compruebo con pesadumbre que tengo que ir preparándome para el tormento. Otra tarde más. Ya los oigo reír, están llegando. Tiemblo un poco sólo por eso, no acabo de acostumbrarme. Dan palmadas, gritos, sonoras risotadas. Una sinfonía aterradora. Quiero llorar, aunque no sirva para nada, pero no puedo, tengo que contenerme, por el maquillaje. Me coloco los enormes zapatones, los pantalones, la chaqueta parcheada de colores chillones, la flor de plástico en la solapa, la peluca verde, la nariz roja. Por el micrófono anuncian al payaso. Tengo que salir a pista.



2 comentarios:

Suel dijo...

He pasado MIEDO y ANGUSTIA, así con mayúsculas. Y es que las dos cosas que más miedo me dan en esta vida son: los niños con risas siniestras y los payasos.
Me ha encantado y lo he saboreado despacito por si vuelves a hacerte esperar tanto tiempo otra vez.
Un saludo.



Terminus dijo...

Entre dos siempre existe el otro punto de vista. El del payaso al que le aterran las risas siniestras de los niños...
Uf, me estoy poniendo muy metafórico, mejor dejémoslo ahí y que cada cual , si tiene oídos, que oiga lo que le parezca.

Ya siento haberte hecho pasar mal rato, Suel, y más aún siento hacerte (haceros a todos los que pasáis por aquí) esperar tanto. Esto último no tiene remedio, por mucho que me pese. Demasiados compromisos, unos más prosaicos otros, me dejan el tiempo justo justo para no hacer nada.
Así que estoy doblemente agradecido por la paciencia que demostráis algunos, que, dicho sea de paso, sois los que de verdad me interesáis. Es como cuando los bares están a punto de cerrar: los clientes que quedan, un poco tambaleantes, son siempre los mejores de la casa.

Un abrazo.



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