Tan cotidiano como morir

“Estamos hechos de la misma materia que los sueños..."
William Shakespeare
William Shakespeare
El hombre se acercaba al precipicio.
Corría por la pradera de hierbas altas cada vez más rápido. Sin detenerse, apoyó el pie en el borde de la sima y tomó impulso para saltar.
Abrió los brazos y planeó suavemente balanceándose a derecha e izquierda, imitando a las gaviotas que tenía a la vista; con ellas, descendió hasta el mar verde oscuro y rozó la superficie con la punta de la nariz antes de ascender de nuevo sonriendo a sus nuevas amigas.
Jugaron así durante un rato, dejándose acunar por el viento; luego aterrizó en una playa de canela molida y se sentó frente a las olas.
Ahora el mar era casi trasparente y en el cielo brillaban siete soles de diferente color. Bastaba con desearlo para que el sol elegido brillara con más fuerza y tiñera todo con su luz. Se entretuvo durante un rato mezclando los colores y observando los efectos en el paisaje.
Del mar comenzaron a brotar formas que se convirtieron en árboles gigantes que crecían sin parar. Aparecieron también en la playa y por todas partes y pronto rodearon al hombre que los miraba con grandes ojos de niño.
Sacó una flauta de su bolsillo y se puso a tocar, improvisando una melodía en honor a tan altos y leñosos oyentes.
Las flores apoyaban sus pétalos en el suelo, arrancaban sus raíces y caminaban hasta acercarse al inspirado flautista para poder escuchar mejor; aun los árboles más lejanos las imitaban.
Llegaron cientos de pájaros de todos los colores.
Nadie quería perderse el espectáculo y fueron ordenándose en silencio alrededor del intérprete mientras la música sonaba.
La luz de los soles iba alternándose —ora verde, ora azul— mientras el hombre seguía soplando la flauta absorto en su propia creación.
Al abrir los ojos vio brillar una lejana luz blanca.
Se puso en pie y guardo el instrumento en su bolsillo, aunque la música no dejó de sonar.
Abriéndose paso, se dirigió hacia la luz.
Un centenar de hombres y mujeres vestidos con túnicas blancas bailaban en un claro del bosque la dulce melodía que él acababa de crear.
Los soles continuaban su baile cromático pero alrededor del grupo de bailarines todo era blanco radiante.
Se quedó parado en el límite de la luz, observando la danza, hipnotizado, hasta que la vio.
Ella sonreía al bailar y su pelo dorado flotaba en ondas al ritmo de las notas. De pronto, le miró, y se acercó bailando mientras extendía los brazos reclamándole.
Él sonreía también y fue su encuentro como si nada hubiera ocurrido antes entre los dos; sin ningún reproche que hacerse; con las heridas convertidas sólo en un brumoso recuerdo.
Se acercaron.
Estaba a punto de abrazarla para siempre cuando un sonido estridente lo inundó todo, paralizándoles.
La flauta enmudeció al instante, los pájaros huyeron en desbandada, evaporándose en el aire, los árboles y las flores se hundieron en la tierra y los soles se apagaron.
Los bailarines perdieron su brillo blanco y corrían gritando de un lado para otro tapándose los oídos, atormentados por el agudo pitido.
Ella le miraba con pánico mientras él agarraba sus muñecas que se le escurrían entre las manos sin poder evitarlo; hasta que se soltó, por fin, y desapareció en la oscuridad.
Entonces, el hombre abrió los ojos, apagó el despertador y, maldiciendo, se levantó para ir a la oficina.
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4 comentarios:
¿Sabes? no conocía esa frase de William, pero debeis ser tan sólo unos pocos los que estais hechos de la misma materia de los sueños, desgraciadamente tan sólo unos pocos. Maldito despertador!!!
Un beso, Terminus
Yo creo que todos lo estamos, pero algunos se dan cuenta tarde...
En los sueños podemos ser quien queramos y hacer lo que nos apetezca; ¡hasta las pesadillas tienen su encanto! Lo realmente difícil es estar despiertos.
¿Quién sería el sádico que inventó la realidad?
Besos, Inma.
P.D. La música, el mar, la literatura, y hasta los partidos de fútbol, nos parecen placeres de la vida y sólo son medios para evadirnos de ella.
Aveces el despertador, a veces el telefono... y el esfuerzo inutil de retomar el sueño..
Sí, y esa sensación de haberse perdido algo irrecuperable...
Despertadores: instrumentos de tortura ;)
Un abrazo.
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